Elogio al sinsentido
Por Mariano Barusso | 27 de agosto, 2025
Un ensayo recomendado para disminuir el exceso de propositina.
Publicado originalmente en marianobarusso.com.
La nada misma nadea.
– Martin Heidegger
Despertar
Esa mañana despertaste con un desgano tan hondo que rozaba la náusea de existir. No era pereza: era el abismo de un deseo todavía más oscuro, el de no haber abierto los ojos jamás.
Boca arriba, tu mirada forcejeaba con la bruma del sueño. Entre manotazos torpes intentabas comprobar que tus piernas no se agitaban como las patas de alimaña del Gregor Samsa kafkiano.
El alivio llegó, breve y frágil: no eras aquella criatura inmunda (ungeheures Ungeziefer). Pero la duda volvió enseguida, como un eco insidioso: tal vez sí, tal vez lo serías en unas horas. Lo único cierto era la nada: no sabías nada, ni siquiera quién eras en ese vacío que te desconocía.
Calma. No es un mal incurable. Es el bajón de la propositina: esa droga social que nuestra hipermodernidad nos administra desde niños en dosis diarias variables. Huxley la anticipó con precisión. La consumes y consumes, pero tu propósito se disuelve, pierde fuerza. La única receta es quedarte ahí, en la intemperie del sinsentido, para desintoxicarte.
“¿Cómo pretendes que me calme con semejante diagnóstico? ¡No puedes ser tan insensible!… algo debo hacer, ya mismo”, fue lo que me espetaste entonces. Sin embargo, ya estabas haciendo algo decisivo: quedarte. Y yo, desde la compasión más honda que pude habitar en ese instante, te devolví a ese silencio.
Pausa. Lo que experimentas es la caída del sentido. No se trata solo de perder propósito, que es apenas una hebra del tejido, sino de precipitarte en un hueco más vasto. Ese abismo lo conoces, y si la salud y la fortuna te acompañan, volverás a visitarlo más de una vez.
Lo que sientes es el absurdo de la existencia. Y en él se revela la vida: eres posibilidad, eres libertad. ¿Cómo no estar en calma? Es más, ¿por qué no celebrar?
El problema es que sospechamos —o sabemos— que nuestros congéneres de este mundo feliz nos lapidarán por semejante renuncia, por esa mácula tan visible en quienes no resultan productivos, atractivos o exitosos. Cuando ahondamos en la apnea del sinsentido no somos “likeables”, es decir, podemos llegar a creer que no somos.
Aunque tal vez no sea sospecha, sino certeza: así nos responden. Los efectos de la propositina son masivos, devastadores… y no quiero imaginar sus versiones sintéticas y digitales multiplicadas por la inteligencia artificial.
Pero cuando nos detenemos y volvemos a nuestra mismidad, distanciados de esa nueva sombra platónica que es la luz azul de los dispositivos digitales, tenemos la posibilidad de darle sentido a esa desesperación del sinsentido.
De ahí brota esta angustia desmesurada: la conciencia de estar vivos, sin garantía de sentido estable, sin contrato firmado que lo asegure para siempre.
Exhalar
No te dejes desanimar, basta ya de llorar, para un poco tu mente y ven acá.
– Charly García, La máquina de hacer pájaros.
Santiago Kovadloff nos recuerda que existen dos muertes. La primera, la biológica, es inevitable. La segunda, más temible, es la que sobreviene en vida: cuando dejamos de ser capaces de otorgar sentido a lo que hacemos y nos rendimos a la inercia del vacío. Un siglo antes, Kierkegaard había vislumbrado algo semejante en La enfermedad mortal, al describir la desesperación como la verdadera muerte del espíritu, aquella que ocurre mucho antes de la tumba. Ambas perspectivas se entrelazan: el sentido tiene que caer para que la existencia pueda volver a abrirse como belleza y posibilidad.
Afirmo que la pérdida de sentido no es un error que corregir, sino un umbral: un estado que abre la posibilidad de vivir con más libertad, autenticidad o lucidez.
Heidegger la nombró angustia, revelación de la nada que nos arranca de la inercia y nos devuelve a la pregunta por el ser. Camus la reconoció como absurdo, invitación a rebelarse y a crear en medio del vacío. Sartre la convirtió en condena a la libertad, destino inevitable de quienes carecemos de esencia prefijada. Y Yalom, desde la clínica, la describió como experiencia fundante que late en cada vida cuando enfrenta la muerte, el aislamiento o la ausencia de sentido. En todos los casos, la caída no es fracaso, sino la condición originaria de existir.
Es gracias a ellos, y a todos los “maestros del vivir” que nos habitan, que no debemos sentir la caída del sentido como vergüenza ni derrota, sino como el suelo fértil donde germina la pulsión básica de develar quiénes somos, más allá de las expectativas de quienes nos trajeron de manera inconsulta a este mundo.
El tan mentado propósito es solo una capa de ese entramado, pero no la primordial: antes de preguntarnos para qué estamos aquí, necesitamos descubrir quiénes somos hoy y reconocer la Vida que nos da vida, ese obsequio único de la biósfera que no nos pertenece.
Mi querido Mauricio-Ishwara González me preguntaba hace unos días: “¿quién es Mariano cuando no hace nada?” Una pregunta mucho más nutricia y poderosa que “¿cuál es tu propósito?”, incluso capaz de iluminar la motivación profunda que a veces buscamos con tanta ansiedad.
Es que no pasa nada malo si no tienes claro tu propósito. De hecho, pasa algo muy bueno: estás exhalando hasta el último aliento de aire viciado, para luego inspirar hondo, oxigenando tu vivir y la dirección de tu existencia.
Sentir vergüenza, culpa o baja estima por la caída del sentido es ceder a la ignorancia de un modelo de consumo que dicta: “debes tener un propósito constante, atractivo, mercadeable, que mantenga tu vigencia y te consuma hasta el agotamiento”.
Byung-Chul Han lo advirtió con lucidez: ya no vivimos bajo un poder que reprime, sino en la trampa más sutil de la autoexplotación, donde cada quien se convierte en empresario de sí mismo, exigido a producir sentido como un producto siempre nuevo, siempre vendible.
Sin duda, el exceso de dopamina es un problema en la actual era de la hiperinformación. Pero la dopamina no es más que un canal amplificado para el ingreso de dosis desproporcionadas de propositina [1], que insiste minuto a minuto en que si no tienes un propósito no eres nadie, no eres nada. No eres.
Tal vez lo mejor que nos puede ocurrir sea precisamente esa caída, si somos conscientes de la vida que habita en el abismo del sinsentido. Como esos desechos orgánicos en compostaje, de los que emerge una tierra nutritiva, fresca y húmeda, a la par de nuevos e impensados brotes de vitalidad.
Solo así podremos deprimirnos —en el sentido literal de hundirnos— para abonar el suelo del que resurgiremos más calmados y sabios.
Pretender crecer negando el sinsentido es una paradoja sin solución, una ilusión estéril. No hay otra forma de cambiar, transformarse, recrearse, regenerarse… o como quieras llamarlo, que atravesando momentos de oscuridad, desgano y desesperación respecto de quiénes estamos siendo al cruzar ese desierto.
De ahí nace mi fórmula del sentido de la vida: no como verdad revelada, sino como paradoja viviente. Un recordatorio de que solo cuando el sentido se derrumba, la vida vuelve a respirarse como regalo.
Se me ocurrió una ecuación para representarla, más como un acto de inspiración, mientras nadaba anoche, que como una búsqueda científica asimilable a la autopoiesis de Humberto Maturana.
Aunque la explico brevemente, no tiene ningún sentido… y ello la hace preciosa.
Breve explicación:
Breve explicación:
Inhalar
La inspiración exige una herida, una interrupción, una espera. La transparencia no soporta nada de ello.
– Byung-Chul Han
Una imagen alegórica a este ensayo, que impregnó las retinas de mi memoria para siempre, es la de Mario Ruoppolo, el entrañable cartero de Il Postino, sosteniendo su libreta en blanco sin hallar una sola palabra para nombrar el deseo que lo ligaba a Beatrice Russo. Ni siquiera la luna llena encendiendo el mar, vista desde su ventana colgada sobre el acantilado, le alcanzaba como inspiración. Esa desnudez, más que vacío, era el continente de un fuego latente que solo aguardaba la chispa de su inesperado interlocutor: Pablo Neruda.
Mario y Pablo representan lo que la vida nos confirma una y otra vez: que nuestra soledad es compartida, y que estamos rodeados de peregrinos que andan a la par. Solo es cuestión de levantar la cabeza, abrir bien e intencionadamente los ojos y pedir ayuda. Estamos rodeados de Maestros, comenzando por nosotros mismos, y el descubrimiento de esa posibilidad habita también, en el foso del sinsentido. Se va tornando más luminoso y cálido, ¿no?
Justamente, una noche, hace unos meses, me encontré con “Inspiración”, un hondo poema de mi querido maestro y amigo Santiago sobre la esperanza por el regreso de la poesía, esa esperanza de la que he estado hablando, que emerge siempre y sin anuncio tras la pérdida de la musa creadora.
Al leer el poema sentí que a él le había ocurrido y le pedí hablar al respecto, porque a mí me estaba ocurriendo lo mismo. Me respondió con la apertura de siempre y, al comenzar nuestra conversación telefónica, le conté lo que me pasaba y cómo me sentía reflejado en esa imagen de Mario Ruoppolo, algo que captó inmediatamente. Entre varias recomendaciones muy valiosas que me dio, recuerdo el principal presente que me dejó: “Si no estás pudiendo escribir, hazlo acerca de tu falta de inspiración, conversa con ella y confía. Es lo más indicado que puedes hacer en este momento”. Hermoso regalo, que solo hace unos días empecé a comprender, a encontrarle el sentido.
Por ello elijo coronar este elogio al sinsentido, con ese revelador poema:
Inspiración (Santiago Kovadloff, 2016)
Deshojo palabras secas.
Sin secretos.
Palabras mudas.
La poesía dejó mi casa.
Llevo meses implorando su regreso
sin admitir lo que sé: no entrará, si lo hace,
por la puerta entreabierta;
lo hará, si vuelve, por el techo sin grietas
o la ventana cerrada.
O más rotundamente todavía:
la encontraré de pronto
posada en mi mano,
sin saber cómo llegó hasta aquí.
Bienaventurados los abismados en el sinsentido, porque de ellos es el reino de la creación y de ellos dependerá la custodia de nuestra humanidad.
[1] Como lector ya te habrás percatado de que esta palabra es un neologismo crítico de mi parte. Lo aclaro, por si estuvieras consultándole a la IA sobre ella.
Mariano Barusso, Pilar, 26 de agosto de 2025 / © 2508262902875
Este ensayo es parte de un momento de renacimiento personal y está cargado de agradecimiento a todas las personas que han sido mis compañeros y compañeras del camino de los últimos dos años y, en particular, a mi querido Mauricio-Ishwara González, un peregrino único con quien puedo perderme en conversaciones plenas de sentido, acerca del sinsentido del vivir.
Referencias bibliográficas
- Camus, A. (1942). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.
- Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.
- Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
- Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Madrid: Trotta.
- Huxley, A. (2019). Un mundo feliz. Barcelona: Debolsillo.
- Kierkegaard, S. (2008). La enfermedad mortal. Madrid: Trotta.
- Kovadloff, S. (1998). Sentido y riesgo de la vida. Buenos Aires: Emecé.
- Kovadloff, S. (2016). Inspiración, en El piano. Buenos Aires: Vinciguerra.
- Sartre, J.-P. (2005). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.
- Yalom, I. (2000). Psicoterapia existencial. Barcelona: Herder.