La vida después de la vida: nuestro proyecto vital en una era de longevidad.

Por Mariano Barusso y Juan María Segura | 3 de agosto, 2026

Una conversación entre Juan María Segura y Mariano Barusso sobre qué hacer con los años que la ciencia acaba de regalarnos.

La ciencia nos regaló entre treinta y cuarenta años que ningún proyecto de vida anterior había presupuestado. Escribimos aquí a partir de dos conversaciones grabadas para el ciclo Conversaciones Improbables, donde sostenemos que esos años no se llenan con más actividades sino con más fricción: con un proyecto vital que exija estructura, que atraviese momentos de finales, transiciones y nuevos inicios, y que termine por revelar finalmente la propia identidad.

En este artículo: el regalo de treinta años extra que nadie pidió • por qué esta etapa necesita fricción, no calma • el fuego y el barbecho como forma de cambiar • qué hacer con el tiempo que se libera • cómo dialogar entre generaciones • y por qué el destino final no es una identidad nueva, sino la propia.

El regalo que no pedimos

Nos corrieron la vida treinta o cuarenta años, y como especie recién estamos recibiendo el golpe de lo que eso significa.

Hace pocas semanas grabamos dos conversaciones, con calma y sin la urgencia habitual de una agenda ejecutiva, para el podcast Conversaciones Improbables, de Asertys. El disparador fue una pregunta simple que esconde una complejidad enorme: qué hacemos con la vida que tenemos por delante, los que ya pasamos los cincuenta, en una época en la que la expectativa de vida activa dejó de ser de cincuenta o sesenta años para acercarse a los cien.

Juan María lo resume con una imagen futbolera que no necesita comentario: durante la mayor parte de nuestra vida jugamos un partido que terminaba en el minuto 83, sabiendo que a los sesenta quedaban cinco o siete años más de cancha. Hoy, a esa misma edad, estamos en el minuto 48: el partido sigue, y falta mucho más de lo que el marcador de la generación anterior nos había enseñado a esperar.

Hay, además, un privilegio poco mencionado en todo esto: somos, a la vez, testigos y protagonistas de una transformación que la especie humana no había vivido en trescientos mil años.

Ese privilegio fue, en parte, lo que nos convocó a grabar este episodio sobre La vida después de la vida, que hace unos años hubiera significado otra cosa: la vida espiritual, lo que viene después de la muerte. El episodio terminó llamándose Vitalidad en una era de longevidad, pero esa primera pregunta seguía intacta debajo del título. Alguien nacido en Estados Unidos en 1900 tenía una expectativa de vida de apenas 46 o 48 años; alguien nacido en 2014 ya vivía en promedio veinticinco años más que la generación de sus bisabuelos. Un regalo no es necesariamente bueno ni malo. Es algo que aparece de golpe, que no estabas esperando, y que vas a tener que atravesar igual.

A nivel mundial, la respuesta más extendida frente a este regalo es de índole económica: los sistemas de pensión declinan (según la OCDE, hoy hay 33 personas mayores de 65 años por cada 100 en edad de trabajar en sus países miembros, y esa proporción llegaría a 52 hacia 2050), y a gran parte de esta generación se le dice que va a tener que seguir trabajando. Buena parte de este fenómeno se describe bajo el paraguas de la silver economy, un término que a nosotros nos incomoda, porque tiende a mirarnos como mercado. Pero tenemos un drama existencial por delante y una capacidad de aporte enorme. Somos ciudadanos agentes, no un target pasivo. Y la ciencia, de hecho, viene a confirmar que este no es momento de repliegue. Y la ciencia, de hecho, viene a confirmar que este no es momento de repliegue.

El periodista Jonathan Rauch popularizó la figura de la U de la felicidad en su libro The Happiness Curve, apoyado en investigaciones como las del economista David Blanchflower, que durante casi dos décadas y en decenas de países encontró que el bienestar toca su punto más bajo alrededor de los 47 años y sigue subiendo hasta bien entrada la década de los 70. Algo parecido ocurre con ciertas capacidades cognitivas: una investigación del MIT y el Massachusetts General Hospital encontró que el vocabulario y otras habilidades ligadas al conocimiento acumulado alcanzan su punto más alto recién entre los 65 y los 75 años. Es decir, cuando estamos en la “edad jubilatoria”, el motor no se está apagando, sino que recién está llegando a su punto más alto.

Pero esta segunda mitad no viene con el mismo mapa que la primera, es más, no viene con un mapa claro para la vitalidad. Es ahí donde empieza el problema que queremos compartir, porque tiene menos que ver con la cantidad de años que con la calidad de fricción que le demos a esos años.

La buena fricción

Un hobby no es una novela, es apenas un cuento corto. Lo que le da sustancia a estos años es un proyecto vital diseñado como tal, no el pasatiempo.

Esta nueva etapa se piensa casi siempre así, sin fricción, como el vacío que imaginaba la paloma. Pero no es así como mejor funciona un organismo, ni una mente. Hans Selye le puso nombre a la diferencia hace medio siglo: llamó eustrés al estrés que estimula y hace crecer, y concluyó que estar completamente libre de estrés equivale a estar muerto. A esa fricción buena la pensamos como un gimnasio vital: no una fricción que haya que tolerar, sino una que conviene elegir y desear, porque mantiene el músculo, físico, intelectual y afectivo, en forma. Byung-Chul Han describe la dirección opuesta hacia la que empuja la cultura contemporánea, fascinada con lo liso: lo pulido, lo impecable, lo que no ofrece resistencia ni exige nada a cambio. Lo liso no lastima, pero tampoco construye.

Immanuel Kant abre la Crítica de la razón pura con una imagen que ilumina este punto: la paloma siente la resistencia del aire mientras vuela, y podría imaginar que volaría mejor todavía en el vacío. Pero en el vacío no volaría, caería. Es esa resistencia la que le permite volar.

“¡Devolvé la vida!” Esa es la advertencia que uno de nosotros repite mentalmente cuando escucha a amigos que se acaban de retirar: cuidado con darle a la nueva etapa una continuidad tibia disfrazada de hobbies y distracciones. Son treinta años, no una semana. Sin un proyecto más estructurado que un calendario de pasatiempos, esta nueva longevidad queda sin honrar.

La diferencia entre un hobby y un proyecto no es de intensidad, sino de estructura: uno se autoimpone fricciones, pero las elige. Se cuenta que un joven Steve Jobs vio a un vecino pulir piedras comunes en una máquina con arena abrasiva, y que al día siguiente esas piedras brillaban. Ahí entendió que sin fricción ninguna piedra revela su mejor color, y ninguna persona tampoco. Por eso conviene sostener las dos caras de la misma piedra: la pulida y la sin pulir no son dos roles enfrentados, maestro y aprendiz, sino dos estados de una misma figura, la del aprendiz que nunca termina de pulirse del todo, como recuerda Cirlot en su Diccionario de símbolos.

Un hobby es un cuento corto, entretenido pero menor. Un proyecto, con su fricción incorporada, tiene la posibilidad de convertirse en una novela.

El fuego y el barbecho

No hay forma de cambiar, transformarse o regenerarse sin atravesar antes un momento de oscuridad. En la caída está el humus.

Lo primero que hay que hacer, conscientemente, es destruir la agenda propia, no retocarla de a poco. La inercia de cinco décadas de estructura semanal tiene una fuerza biológica que no cede con ajustes graduales. Un ejemplo metodológico –aunque excede lo que aquí nos proponemos– es la estructura liberadora conocida como Ecocycle Planning.

Podemos pensar en el fuego como metáfora para este movimiento, si consideramos el efecto que tiene en la realidad: la ciudad de Chicago que hoy conocemos, una de las de mejor diseño urbano de Estados Unidos, no existiría sin el fuego que en 1871 no dejó nada en pie y obligó a pensarla de nuevo desde cero. También en el campo existe el fuego controlado, el que regenera un pastizal. Vale la pregunta para la propia vida: en qué medida le damos lugar al fuego que aparece en distintos momentos vitales, ese llamado que dice que una etapa terminó y que es hora de ir por algo distinto.

El fuego lastima porque rompe hábitos en los que uno estaba cómodo, y la zona de confort se llama así justamente porque ahí no se sufre. Hace un tiempo uno de nosotros escribió un ensayo breve, Elogio al sinsentido, con una idea central: la caída del sentido es parte del proceso de crecimiento y creación, aunque nos hayan enseñado exactamente lo contrario. No hay sentido nuevo sin la pérdida del anterior, no hay recreación sin destrucción, no hay renacimiento sin muerte. En el campo a eso se lo llama barbecho: cuando se da vuelta la tierra y se la deja descansar, no está descansando en absoluto, está liberando por oxidación nutrientes que de otro modo quedarían atrapados. El sinsentido opera igual, no es pérdida hasta encontrarse, es la paciencia obligada de un proceso que deja un mejor perfil de suelo para absorber los estreses que vendrán. Ese perfil de suelo, una vez logrado, también cambia la forma en que habitamos el tiempo que sigue.

Somos tiempo

No tenemos tiempo, somos tiempo. Y vamos a tener mucho más del que pensábamos. ¿Qué vamos a hacer con eso, perdurar o vivir?

Buena parte de nuestras instituciones sigue calibrada para una vida más corta; el ciclo escolar todavía conserva el registro de un calendario pensado para la producción agropecuaria, doce mil años atrás. Al mismo tiempo aparecen herramientas que devuelven horas, el trabajo remoto, la inteligencia artificial, y esa devolución trae una pregunta incómoda debajo: si de golpe se liberan diez horas a la semana, ¿qué vamos a hacer con eso?

Santiago Kovadloff distingue entre la persona que se dedica a durar y la que tiene el acto consciente de vivir. Perdurar administrando lo poco que queda de una trayectoria es tentador y silencioso; vivir exige preguntarse, sin culpa, qué le da sentido al hecho de pararse hacia adelante. La palabra que mejor lo resume es entusiasmo. Una forma concreta de bajar esa pregunta a tierra es identificar el logro que más nos estimula: si es aprender, hay que volver a estudiar en serio; si es crear, animarse a un proceso creativo extenso; si es servir, poner la intención al servicio de otros. Y detrás de esa pregunta asoma otra, la del legado: llegamos hasta acá gracias al legado de otros, que supimos más o menos cultivar, y con treinta años por delante la pregunta por en qué vamos a trascender deja de ser sobremesa y se vuelve decisión de diseño.

Cómo dialogar entre generaciones

Cada generación enfrenta la misma pregunta, quiénes queremos ser, desde un lugar distinto del reloj.

El paisaje es nuevo para las dos puntas, aunque por motivos distintos. Para nosotros, la avenida que hasta hace poco tenía un trazado claro (estudiar, hacer carrera, jubilarse y descansar) se convirtió de golpe en un territorio sin camino marcado, sin instituciones ni reglas todavía definidas para transitar estos treinta años de más. Para los que hoy tienen veinte o treinta, el paisaje es nuevo por otro motivo: el mundo del trabajo, el de la educación, el del entretenimiento y hasta el de cómo construir una buena vida cambiaron de reglas al mismo tiempo, y les toca decidir quiénes ser, a qué dedicarse y qué estudiar sin el mapa que tuvieron las generaciones anteriores. Ninguno de los dos tiene el manual. La pregunta de fondo termina siendo la misma para ambos, quiénes queremos ser, aunque la formulemos desde un lugar distinto del reloj.

Los que están más cerca del umbral de esta nueva etapa suelen ser los peor preparados, porque a ellos la transformación los agarró de sorpresa. Los que hoy tienen cuarenta y cinco reciben señales tempranas para preparar de otra forma sus últimos quince años de trabajo. Y los de veinte o treinta no piensan en cómo van a vivir a los sesenta y cinco, sino en cómo resuelven el año que viene, en un mundo corporativo mucho más chico y volátil que el que heredamos. Distinta ansiedad, misma pregunta de fondo.

Hay una escena que se repite entre los más jóvenes: se tiran de cabeza a que la inteligencia artificial les resuelva lo que les pide un jefe o un profesor, y a la vuelta de la esquina se dan cuenta de que no entienden bien lo que están haciendo. El aprendizaje genuino solo ocurre construyendo junto a otros humanos. Ahí hay un punto de conexión intergeneracional posible, si sabemos ofrecerlo sin sermón: la experiencia de haber construido sin estas herramientas tiene un valor transferible que todavía no encontró su lenguaje.

Para que ese encuentro funcione conviene pensarlo como garúa y no como aguacero. Una lluvia torrencial escurre sobre la tierra y no hace brotar nada. Una garúa va al ritmo que el suelo puede absorber, y le da a cada semilla enterrada la chance de germinar. Llegar a las semillas que las generaciones más jóvenes tienen enterradas exige estrategia, humor y buen timing, no un sermón repetido con la fuerza de un chaparrón.

Esa paciencia con las semillas ajenas es, en el fondo, la misma que nos falta con las propias.

Hacia una identidad más verdadera

No hace falta inventar una identidad nueva. Alcanza con darle tiempo a la que ya somos, para que se vuelva más clara, más honesta y mejor comprendida.

Si tuviéramos que resumir los posicionamientos clave de este nuevo inicio, empezaríamos por dar vuelta un paradigma cultural: juventud no es una cuestión de edad cronológica, es sinónimo de estar en proyecto. Seguiríamos por la búsqueda de vitalidad, no de perduración, y por el fuego, el que puede diseñarse y el que simplemente llega, y por la disposición a tomar otra vez ese riesgo emocional que trae la libertad de emprender algo entero y nuevo.

La mayoría tuvimos que disfrazarnos un poco para construir una carrera profesional. Pocos tuvieron la suerte de jugar, desde el principio, a ser lo que realmente querían ser. Ese disfraz ya puede jubilarse, aunque lo que queda debajo no se revela de golpe. Pide tiempo, paciencia y alguna que otra vuelta sobre uno mismo para volverse más nítido.

La oportunidad más honda que trae la longevidad no está en sumar años. Está en darle, por fin y sin apuro, el tiempo que merece la pregunta por una identidad más verdadera, aunque esa pregunta no termine de cerrarse nunca del todo.

Si querés, podés escuchar a continuación el episodio completo del Podcast “Conversaciones Improbables” con Mariano Barusso y Juan Maria Segura:

Si ya lo viste y te gustó, te dejamos un bonus track del episodio.

Mariano Barusso | Es Director General de Asertys, Consultoría en efectividad y transformación organizacional.

Juan María Segura | Es cofundador de Areabeta, autor, asesor y consultor especializado en innovación y gestión educativa.

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